jueves, 3 de mayo de 2012

Añicos en las manos

Entró en el hospital con la mano echa añicos; rota, destrozada, caída y arrugada. Con un fuerte color morado. Pero no era el primero. Minutos antes, un joven de 23 años, de facciones orientales, y con aparentes síntomas de dolor, había entrado en el mismo departamento de urgencias, curiosamente, con la mano derecha en estado similar. Pero la coincidencia no acababa aquí. Treinta minutos antes, una joven de 22 años, residente de una población próxima, llegaba al mismo departamento para solicitar ayuda; nuevamente, su mano, como en los casos anteriores, estaba totalmente desaliñada, con un fuerte color rojo, e incapaz de realizar movimientos por sí misma. Pero como las casualidades nunca vienen solas, veinte minutos después del primer chico citado, es decir, el último chico en entrar a urgencias, apareció un joven de 25 años y de nacionalidad francesa con los dedos de su mano derecha totalmente deformados a causa de la rotura de varios huesos y tendones. El departamento de urgencias de Rotorville no daba abasto.

El aluvión de casos seguía sucediéndose. Quince minutos más tarde del chico francés, el de los dedos deformados, aparecían cuatro jóvenes, que habían llegado en un taxi desde la universidad de Sorenson, situada en el pueblo vecino de Roterville, con sus manos derechas en similares condiciones, algunas más coloradas, hinchadas, o deformadas que otras, pero con claras similitudes. Pasaron apenas catorce minutos, y afloró un nuevo caso afín a los anteriores; una joven de 25 años, de casi metro ochenta de altura, se adentraba en los servicios de urgencias con lágrimas merodeando por su rostro y muecas de intenso dolor que deformaban sus pómulos como si los empujaran desde dentro de sus carnes. Tenía todos los huesos de la mano derecha descolocados, fuera de sí, sugiriendo posiciones imposibles; un dedo mirando hacia detrás, otro formando un zigzag, y los tres restantes acurrucados entre ellos, como si se hubiesen abrazado con todas las fuerzas.

El equipo médico no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Y es que durante toda la mañana, gotearon más y más casos. A las doce del mediodía se habían contabilizado cincuenta y tres afectados. Los médicos desconcertados preguntaba a los afectados para ver algo de luz en el origen de todas aquellas coincidencias tan truculentas. Pero era inútil, ninguno recordaba la razón, el momento, la situación, y todo el contexto relacionado con aquellas manos hinchadas, desaliñadas, rotas, y descompuestas. Era como si les hubiesen arrancado pequeño trozo de sus recuerdos; una burbuja en medio de un océano plagado de vivencias. Varios de los pacientes fueron sometidos a rigurosos análisis médicos; se barajaron el alcohol y las drogas, no tanto por la desgarradora apariencia de aquellas manos, sino por el hecho de qué no tuviesen el menor recuerdo de lo sucedido. Pero todos los resultados dieron negativo; si claro, algo de alcohol en la sangre, e incluso drogas por parte de dos pacientes, pero nada relevante. Los síntomas no tenían ningún tipo de relación. -¡Extraterrestres, han sido los extraterrestres!- gritó un anciano desde la sala de espera, sosteniendo su bastón en alto, con el rostro rojo y repleto de sudor. La gente durante un suspiro se quedó mirando al anciano, pero después prosiguieron su espera con total normalidad; revistas en mano, y charlas acerca del tiempo y temas sin demasiado interés. A los pocos minutos, mientras el anciano continuaba realizando aspavientos, dos enfermeros se lo llevaron a los boxes de urgencias.

Margarita Truman, una de las enfermeras más longevas del lugar, comentaba con el resto del departamento que nunca había visto, en sus más de cuarenta años de profesión, un hecho similar.  ¿Dónde y cómo se habían hecho aquellos jóvenes estos accidentes? Todos presentaban los daños focalizados en las manos, y todos, sin excepción, eran de una apariencia horrenda y desoladora.
A lo largo del día fueron surgiendo más y más casos; se llegaron a contabilizar hasta 64 casos. El hospital estaba desbordado. El tránsito de enfermeros y afectados era constante. La noticia empezó a extenderse como una mancha de aceite; en poco más de media hora llegaron los periodistas locales al hospital. La furgoneta de Rotorville Televisión, con su enorme logo en rojo, no hizo más que atraer a curiosos y personas sin demasiado que hacer; decenas de jubilados dejaron de lado las obras del parque Riverhood, para trasladarse a las medianías del hospital. Poco después, la furgoneta azul de Canal 7, canal republicano de la capital, se estacionó a pocos metros de la puerta de urgencias; privilegio que le otorga ser una de las televisiones más influyentes de la zona. Los flashes, micrófonos, y cámaras, empezaron a balancearse por todas las salas. Y poco a poco, pero sin pausa, llegaron más medios de comunicación al pequeño y concurrido hospital.

 -¡Extraterrestres, han sido los extraterrestres!- se escuchó nuevamente en la sala de espera. El silencio se hizo, como si alguien hubiese pulsado al botón de mute en el momento más álgido de una película. Nuevamente, el anciano había aparecido en la sala. -¡Extraterrestres, han sido los extraterrestres!- reiteró. Reporteros, pacientes, trabajadores del hospital, y curiosos del lugar, quedaron paralizados observando al viejo, sin saber como reaccionar ni avanzar en tan disparatada situación. -¡Fue hace 40 años!, también en Rotorville- prosiguió el longevo hombre, aprovechando las miradas de atención de la multitud -Decenas de personas tuvieron los mismos síntomas, yo mismo acabé con la mano destrozada aquel 30 de Abril... uno de los días más negros que recuerdo. Pero misteriosamente, al día siguiente, nadie recordaba nada. ¡Nadie! Solo yo y Frankie, mi viejo amigo Frankie, mantuvimos vagos recuerdos de aquel hecho. Y lo sé, estoy convencido, que aquello no fue provocado por humanos, ni animales, ni ningún elemento de nuestro planeta. Fueron ellos, los extraterrestres. ¡Fueron los extraterrestres, y han regresado!-.
-Que mal rollo de abuelo- exclamó de uno de los curiosos. Hecho que provocó que el silencio se desplazara, y toda la multitud, ignorando al anciano, prosiguiese con sus preguntas, murmullos, flashes, y rutina del momento.

El día prosiguió con el mismo ajetreo hasta llegada la madrugada, donde no se contabilizó ningún caso más. Al día siguiente, nadie recordaba nada. El pueblo amaneció como siempre, y los jóvenes lisiados, tenían un popurrí de historias variadas para describir sus lesiones; me pillé con una puerta, fue jugando a la consola durante horas, o se me cayó la televisión encima mientras limpiaba en el comedor. Todo eran recuerdos erróneos, falsos. Ni siquiera constaban los hechos en las retransmisiones de Canal 7 o Rortoville Televisión del día anterior; ni en la memoria de los televidentes, ni en los archivos de los canales. Nadie, nadie, recordaba nada. Pero tampoco tenían ningún vacío, pues los recuerdos de aquel día, habían estado suplantados.

Bueno, nadie nadie, no. Hay alguien, un viejo loco, que aún guardaba un recuerdo blindado en su memoria. Aunque desgraciadamente, nadie le creía.

jueves, 8 de marzo de 2012

Reflexiones de una persona aburrida: en la modista

Crucé la calle para dirigirme a la modista; después de arreglar dos días antes la chaqueta por unas roturas axilares, que no auxiliares, me agaché en el supermercado para coger un cartón de leche, y la pobre cremallera se resquebrajó con cierto dramatismo. Total, otra vez a la modista. Pues como iba diciendo, crucé la calle. Llegué a la modista que posaba relajada un bordado de hilo a una clienta, y entonces, pensé: si esto estuviera lleno de gente... ¿Estaría desbordado?

Y me puse a sonreír tímidamente. Qué ocurrencia, oye.

miércoles, 25 de enero de 2012

Un socorrista en el Salvador

Un carpintero en Madeira;
un verdulero en Bruselas;
un cocinero en Frankfurt;
un florista en Florencia, y otro en Florida;
un barman en Ginebra;
un frutero en Macedonia;
un cervecero en Malta;
un marinero en Puerto Rico;
un talador en la Sierra;
un físico en Valencia;
un militar en Granada;
un aviador en Buenos Aires;
un joyero en Mar del Plata;
un curandero en Brujas;
un panadero en Viena, y otro en Panamá;
un pastelero en Santiago, y otro en Sucre;
un domador en Lyon;
un pizzero en Isla Margarita;
un banquero en Costa Rica;
un policía en Polinesia, y otros tres en Tripoli;
un doctor y sacerdote en Curaçao;
un ginecólogo en los Paises Bajos;
un barbero en Barbados;
un sastre en las Bermudas, otro en Abuja, y otro en Jersey;
un pescador en Anguila;
un sargento en Cabo Verde;
un vagabundo en Ghana;
un socorrista en El Salvador;
un cristiano en Santa Fe;
un marisquero en Gambia;
un minero en Honduras;
un pescador en Islas Salomón;
una prostituta en Islas Virgenes;
una chacha en Lieja;
un astronauta en Houston;
un dictador en Tirana;
un pacifista en La Paz;
un surfista en Praia;
un nadador en Ottawa, y otro en Managua;
un sacerdote en San José;
un técnico de elevadores en Suva;
un jugador de poker en Yakarta;
un profesor de aeróbic en Nairobi;
un carnicero en Biskek;
un sucio en Damasco, y un limpio en Malabo;
un cristalero en Vientiane;
un lingüista en Lilongüe;
un urólogo en Numea;
un dentista en Mascate;
un herrero en Lima;
un encantador de serpientes en Lisboa;
un moroso en Pago Pago;
un jugador en Victoria, y otro en Vitoria;
un detective en Colombo;
un productor de cine en Montevideo, y otro en Columbia;
un asesino en Mata-utú;
un pagés en Hararé;
un medico en Saná;
un atleta en Sudán;
un enano en Micronesia;
un ciego en Berna;
un fiestero en Santo Domingo;
un humorista en Riad, y otro en San José de Chiquitos;
un bonachón en Amman;
un músico en Little Rock;
un tímido en Colorado;
...y un aburrido aquí sentado.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Memoria destilada

Señor comisario, no se enfade conmigo, estoy indagando cuanto puedo en mi memoria; que ya lo consiga, es otra historia. Recuerdo que aquella noche me bebí dos copas de ron, porrom pom pom, chim pom. Después dos copas de champán, parram pam pam, chim pam. Y cuando la noche abrazaba a la mañana, y la luna y el sol se saludaban, acabé con tres cubatas de malibú, param pam pum, chim pum.
Y aunque no lo crea, aquel fue un día sin demasiado alcohol; porque me salté mi querido pacharán, que me tomo en un pim pam.  Ni visité a mi Tía María, pues de ron ya tenía suficiente, y el café me era indiferente. Pero ya le digo mi comisario, de aquella noche no tengo ni un solo recuerdo que le pueda ayudar, por lo menos de momento, quizá después, ya será otro cantar.

Aunque ahora que lo dice, y no sé si le puede interesar, recuerdo sonidos estridentes, y luces moviéndose al compás. Una burbuja que sube por mi cabeza se ha topado con alguna pared, ha explotado, y mire, me lo ha hecho rememorar. Espere, espere, que creo que me viene más, dos burbujitas acaban de colisionar. Ahora mismo miro al suelo, y todo está normal, pero aquella noche tenía un suelo algo inusual; líneas blancas y grises se acompañaban sin llegarse a tocar, como aquellos amigos de siempre que sabes que nada pasará. Ay, mi cabeza, me ha dado una sacudida. Aguarde, aguarde, exacto, otra burbuja se ha dado cita. Creo recordar, o por lo menos parece real, que había alguna relación entre los sonidos y las líneas, pues mientras admiraba con cierta borrosidad ese suelo rayado, me viene con paupérrimos detalles que los sonidos no eran nada agradables; no, no parecían de personas, no eran ni gritos ni lamentos, eran una chispa estridentes. Lo siento comisario, pero no me viene nada más, entienda que estoy algo cansado, sea benevolente.

Puf, que dolor de cabeza. Y no se enfade conmigo comisario, que acordarme de algo ya es toda una proeza. A ver, por donde dejé la declaración de aquella noche; ah sí, en el suelo de rayas y los sonidos de los coches. ¡Vaya! Que memoria más traviesa, que ahora se presenta con detalle, está claro que un hecho se me desnuda, aquellos sonidos eran de bocina, de los coches que pasaban por la calle. Y aquellas luces que bailaban, en perfecto balanceo, quizá eran coches que me esquivaban, porque lo reconozco comisario, seguramente iba un poco peo. Ay, mi comisario, que va a ser que no me han secuestrado. Que lo mismo fui yo el que se durmió en calzoncillos en aquel escampado.

martes, 1 de noviembre de 2011

Barreras inexplicables

# Artículo publicado en la revista informativa de ASEM Catalunya

# Descargar revista en formato PDF

Para fortuna de todos, con el paso de los años las instituciones públicas
han evolucionado hacia una mayor sensibilidad y preocupación en lo
referente a las barreras arquitectónicas en ciudades y poblaciones. Está
claro que todo no se puede arreglar de la noche a la mañana, hay un
proceso, y aún queda mucho trabajo por hacer. Permanecen muchas barreras
por eliminar, y aún existen demasiadas situaciones comprometidas para
aquellas personas que no tenemos una movilidad plena; situaciones que en
muchos casos no son perceptibles para el resto de los ciudadanos, y
posiblemente pasan desapercibidas. El simple hecho de tener dos escalones,
lo que para la mayoría son simplemente dos zancadas, para personas con
movilidad reducida puede ser un mundo.

Y como bien comentaba, a veces se puede entender que esto es un proceso,
que requiere un tiempo; que al igual que hace diez años estábamos mucho
peor,  dentro de diez años la situación será mucho mejor que la actual.
Pero dicho esto, y centrándome en la capital catalana, Barcelona, me
gustaría criticar algunos detalles que no tienen explicación. Detalles que
no permiten justificación de proceso, ni ningún tipo de compasión. Que no
requieren esperar, sino exigir.
Vamos a la estación del Clot, una de las importantes de la capital. Una
estación donde se congregan varias líneas de metro y ferrocarriles, y
donde pasan miles de personas cada día. Pues bien, en un lugar tan
importante y concurrido, vemos con asombro como aún a día de hoy existen
un gran número de barreras arquitectónicas. Bastante inexplicables, cabe
remarcar. Nada más bajar de la línea roja del metro, la L1, tenemos una
gran cascada de escalones para salir de la estación o acceder al camino de
ferrocarriles. Ni escaleras eléctricas ni ascensores. ¿Se han preguntado
los responsables del transporte metropolitano, cómo una persona con
problemas de movilidad puede acceder por si sola a una estación tan
importante? Si los problemas de movilidad son leves, pues coges aire, y te
enfrentas a un gran número de escaleras, dando por sentado que todas las
miradas de los demás ciudadanos se clavarán en tus anomalías, e incluso se
enojaran por no poder avanzar con total normalidad -para muchos, el tiempo
es demasiado importante-. Pero si además tienes una movilidad muy
reducida, ni coger aire ni echarle agallas. Sencillamente no se puede; la
independencia, en lo relativo a la movilidad, queda echa añicos.

Podríamos pensar que estamos ante un ejemplo de paciencia; que aún no se
han podido eliminar las barreras. Pero no, en este caso debemos exigir y
pedir explicaciones. Porque si avanzamos por el pasillo que nos lleva a la
Renfe y a varías salidas del exterior, veremos ante nuestro asombro que
tenemos un nuevo cúmulo de escaleras. En el mejor caso, en el acceso a la
Renfe, solo existen unas escaleras eléctricas para subir, pero nada para
bajar. Y ademas, una vez abajo, tenemos tres series de dos escalones,
puestos más que nada para joder, como se diría coloquialmente, y que aún
dificulta más el acceso a Rodalies. Pero no está todo explicado, porque
una vez pasamos el billete y queremos acceder a cualquier andén, volvemos
a vernos en la misma situación. Escalones y más escalones, sin más
alternativa que pasar por ellos. ¿Realmente los responsables de la
estación no se han percatado de la cantidad de obstáculos que hay para
viajar en un tren o metro que después presumen de adaptados? Pero la
indignación no viene únicamente por lo comentado hasta ahora. No. Lo peor
está por llegar. Y lo peor, es que mientras nos indignamos con todo este
recorrido, observamos atónitos como hace apenas uno o dos años, se
hicieron obras en la zona de Renfe, donde se situaron unas oficinas bien
monas: con sus enormes vidrios, la imagen corporativa, y paredes de
mármol; todo, con la última tecnología en el interior. Pero a nadie se le
ocurrió aprovechar ese momento para gastar una pequeña parte de dicho
presupuesto; en adaptar un poquito más la estación, y pensar en los que
más difícil lo tienen. Ni unas sencillas rampas, ni un ascensor, ni nada.
El dinero se quedó en las oficinas, que eso sí, lucen mucho y permiten
fardar de infraestructuras.

Y hoy hablamos del Clot, pero podríamos hablar de tantas otras
estaciones... La cuestión es que hablemos, y sepamos cuando hay que
esperar o exigir. Y en este caso, hay que exigir.

viernes, 7 de octubre de 2011

sábado, 20 de agosto de 2011

El Sol también es inalámbrico

En estos tiempos que el Wi-Fi está de moda y que parece que estas ondas que vuelan por el aire son lo más, me planteaba, ¿Había algo similar antes que el Wi-Fi? Ahora, vas a cualquier sitio, sacas tu portátil, smartphone, o lo que sea, y encuentras un enorme número de redes viajando por el aire; que si la comtrend de la típica víctima de telefónica que ni sabe que le han puesto en casa, la Juan y Patricia, que guay, somos felices y lo queremos dejar claro para todos los vecinos, o la del típico friki que experimenta semanalmente cambios de contraseñas, nombres, y demás configuraciones, pensando que así nadie abusara de su tan preciado tesoro y fliparán con su nivel informático. Pero antes de todo esto, ¿Qué había por el aire?

Hombre, teníamos las ondas de radio, ¿no? Ahora que hay tanta incertidumbre sobre las futuras repercusiones del Wi-fi o del propio móvil, también deberíamos plantearnos por qué nadie nombró nunca las ondas de radio o de televisión, por poner otro ejemplo. Lo mismo estas señales analógicas, pero también nómadas del aire, nos dejaron medio tontos, nunca se sabe. La cuestión es que desde que nacimos, hemos estado rodeados, incluso en aquellos momentos donde pensábamos que nadie nos observaba y dimos rienda suelta a nuestros más oscuros pensamientos. No seáis mal pensados, hablo de levantarse a escondidas para comerse un helado, o acabar la barra de chocolate que está en el armario.

Y dicho todo esto, voy a lo que voy. Total, que pensando y pensando, como quién no tiene nada mejor que hacer, encontré la onda más antigua: el Sol. ¡Joder! Pensé. Tanto rollo de nuevas tecnologías, y el sol lleva toda su vida haciendo uso del Wi-fi, Wireless, o como lo queráis llamar. ¿Os imagináis que el pobre hubiese tenido que utilizar cable para darnos su energía? Estaría media humanidad enredada, y sin duda, las muertes por asfixia serían desesperantes. Por no decir que las pobres plantas más que hacer la fotosíntesis, parecerían seres en la UVI, con cables por todos lados y sin decir ni pío. Pero no, la naturaleza es sabía, y ya vio que el futuro sería inalámbrico.